Juanjo
Mozo
Cordero
NICODEMO
¿Alguna vez te has preguntado si alguien te observa?
A veces necesitamos escuchar,
de terceras personas, una opinión que nos haga cuestionarnos nuestras decisiones;
nos cuesta hacernos responsables de ellas y de la forma en que las enfrentamos.
© 2021
© 2021
Para versión en español pasta blanda o en ebook, lo puedes adquirir a través de los siguientes links:
Juanjo Mozo Cordero
J.J. Mozo, nació en 1984. Es originario de la Ciudad de México, donde ha hecho la
mayoría de sus estudios. Formado en escuelas donde la educación formal se
complementa con principios religiosos, su inquieta imaginación lo ha llevado a idear un
universo particular en donde crea y recrea situaciones poco ortodoxas que impactan
nuestra cotidianeidad.
Esta obra constituye su ópera prima. La integran relatos que fue imaginando y
materializando a través de los años.
Escritor desde niño, ávido lector y amante de las emociones que provocan los cuentos.
Su primera publicación es un compendio de cuentos que exploran las experiencias
humanas y la reacción que provocan en sus personajes.
Contáctame
Escríbeme
Sígueme en redes
NICODEMO
¿Alguna vez te has preguntado si alguien te observa? A veces necesitamos escuchar,
de terceras personas, una opinión que nos haga cuestionarnos nuestras decisiones;
nos cuesta hacernos responsables de ellas y de la forma en que las enfrentamos. En
este compendio de cuentos, exploramos el temor y la soledad; se expone a los
diferentes protagonistas a una serie de situaciones y a las consecuencias de sus actos,
a veces fortuitas, a veces no tanto.
El principio
Capítulo 1
Siempre me imaginé que el infierno sería diferente —si es que acaso estoy en el
infierno—: demonios infringiendo castigos inimaginables, olor a azufre, violencia,
dolor, en fin, algo más de película.
Pero estaba equivocado.
Es una sala de espera inmunda; atestada de almas en total desconcierto —se les ve en el
rostro— no saben su nombre, su edad ni mucho menos, cómo llegaron aquí… no, no
sabemos.
Las filas son interminables, no hay a quién preguntar nada, toda persona con la que te
cruzas tiene una expresión de confusión más acentuada que la anterior.
Sostengo un turno en una especie de papel áspero como de pergamino, parecido a la
capita externa de la piel humana, esa que es fácil arrancar cuando uno se hace una
ampolla, podría jurar que es piel de algo o de alguien.
El número es indescifrable, pero he visto en otros a mi alrededor que a la hora que les
llega su turno, se vuelve entendible o eso entiendo yo. No hay manera de saber en qué
número van ni cuánto falta para que uno pase y esto hace la espera más terrible.
El último número que creo que alcance a ver, fue el de aquella señora con la cabeza
abierta en flor. 00079154, ¿o tal vez era 00079159?
Da igual, no tengo idea que número me toca así que recordar el número de la señora no
tiene ninguna valía.
El calor es insoportable eso sí, por eso deduje que estoy en el infierno, si estuviera vivo
ya habría muerto cocinado en mis propios jugos. Se siente cómo se queman las plantas
de los pies, el cuerpo completo arde y los ojos se derriten casi literalmente.
Cuando mi pedazo de… cuando mi turno aparezca, sé que se abrirá una de las infinitas
puertas que rodean este espacio y sin más, tendré que pasar a través de ella para
enfrentarme a lo que sea que haya detrás. Así les ha pasado a varios de los infelices que
se encontraban conmigo.
El sonido local ameniza la espera con una exquisita selección de gemidos, lamentos,
llantos y un sinfín de sonidos provocados por el ser humano, menos la risa por supuesto.
Se escucha lejano pero claro que se hace presente.
Nadie pareciera controlar a nadie y aun así, todos los penantes permanecen en relativa
calma. El suspenso es suficiente para mantenerlos en línea, ¿o es que acaso están todos
aterrados?
Sus rostros, al menos los de quienes conservan uno, dejan claro que están sufriendo,
entre las innumerables dudas que recorren sus pensamientos y el destino inimaginado:
están asustados.
No estoy seguro de poder describir esto que siento como miedo. Siempre fui más bien
curioso, inquieto, de eso si me acuerdo.
Hablando de curiosidades, no puedo recordar mi nombre, no sé qué fue lo último que
hice antes de llegar aquí pero sí recuerdo que fui una persona curiosa.
En todo caso, por alguna razón no me sorprende estar aquí, es como si siempre (lo que
sea que signifique siempre en un lugar como éste) hubiera esperado terminar así.
Ahora bien, podría tener alguna idea de cómo acabé aquí si viera mi reflejo en alguna
parte pero por más que busco no encuentro opciones, a mi alrededor solo hay puertas de
madera maciza, gente con cara de terror y un millar de butacas, que están tan calientes
que la mayoría prefiere esperar de pie, aunque si hay algunos que optan por sentarse
ante la espera interminable.
De verdad, esas butacas están como a 1000 grados.
Hay un reloj pegado en la única pared que no tiene puertas, me acerco lentamente
esquivando doliente, sufrientes y a todos los entes que me rodean. Sin importar que
choco el hombro con algunos de ellos, ninguno pareciera ponerme atención. Están tan
metidos en su desgracia particular, que no tienen tiempo para atender la de nadie más.
Después de esquivar a esa manada de imbéciles, logro pararme frente al reloj. Es un
curioso reloj de pared de 24 horas, con péndulo. Las manecillas hacen el esfuerzo por
avanzar pero no logran pasar de las 15:01.
No tiene cristal. Me quedé sin mi reflejo.
Veamos pues no sé cuánto llevo aquí, pero la espera pareciera eterna.
De pronto aparece ante mis ojos, al otro lado de la sala un portón que no había notado
antes, esa puerta no estaba ahí, es imposible que no la hubiera visto.
Es un portón grande de madera, como de castillo medieval, es alto, al menos el doble de
mi tamaño actual. Ahora que lo pienso, no recuerdo qué tamaño tengo, se podría decir
que soy de los entes pululantes más altos, pero no apostaría mi alma en ello, ja, ja, ja, ja,
ja. Ese fue un buen chiste.
El reloj empieza a sonar, hace recordar las campanas de cualquier catedral, es
ensordecedor, todo el espacio se llena con el estruendo de las campanadas.
Todos mis compañeros en la sala de espera levantan la mirada, es la única vez que los
veo salir de su letargo. Fijan su mirada en el reloj y luego la posan en el portón, sus
rostros siguen mostrando sufrimiento.
La puerta se abre de par en par, nadie hace ningún intento por acercarse, simplemente la
observan con esas miradas de desesperanza.
Comienzan a cruzar el umbral una serie de cuerpos desfigurados que arrastran los pies.
Son los nuevos invitados a la sala de espera, al menos ahora sé cómo llegue aquí o
bueno, por dónde.
Después de analizar por un segundo la situación decido cruzarla, seguramente estos
pobres están en shock y será fácil atravesar la puerta entre ellos.
Comienzo por avanzar despacio, a pesar de que no he visto a ni un solo guardia, ni un
solo encargado. A nadie con un gafete que diga: «Estoy para servirle», aun así, siento
que nos vigilan y no solo lo siento, estoy seguro de que a quien sea que maneje este
lugar no le va a gustar lo que voy a hacer.
Aprieto el paso, comienza a importarme poco si alguien me ve, ¿qué me van a hacer?,
¿mandarme al infierno?
Veo la puerta pero no la alcanzo, debo correr más rápido. Conforme me voy acercando,
la siento más y más grande, más imponente y más me atrae. Estoy seguro de que, si no
estuviera completamente seco por el calor, estaría babeando.
Comienza a entrarme ansiedad, logro sentir un viento fuerte que entra por el vano de la
puerta, tengo que agachar la mirada, me cubro los ojos con la mano. Avanzar es una
proeza en estas condiciones.
La fuerza del viento comienza a bajar ya no es tan violento. Levanto la mirada, la
puerta, está otra vez a la misma distancia que cuando comencé a caminar, ¡no es
posible, es como si no hubiera caminado nada!
No voy a entrar en detalles pero lo intenté al menos otras 3 veces y el resultado siempre
fue el mismo: lograba acercarme un poco y al final, la puerta escapaba de mí, se volvía
inalcanzable y mis ganas de tocarla, de cruzarla, cada vez eran mayores.
Comenzaba a caer en un delirio, estaba enloqueciendo, cuando sentí un escozor en mi
mano. Había olvidado por completo mi turno, podría haber jurado que se había perdido.
Apenas alcance a bajar la mirada buscando el origen de esa sensación, de esa
quemazón, una puerta se había abierto justo frente a mí. Por supuesto que no era el
portón que yo quería cruzar, era una simple puerta de madera sin ningún otro detalle, no
recuerdo si tenía manija o no, ya estaba abierta cuando la noté justo frente a mí.
El interior estaba completamente oscuro, el olor era fétido, agridulce pero amargo…
Olía a muerte, con un gusto dulzón.
Una fuerza exterior me impulsó a entrar, no recuerdo si caminé voluntariamente o si
acaso luché contra ella, no tengo claro qué fue lo que pasó.
Y esto es lo último que recuerdo antes de encontrarme aquí con ustedes, acompañando a
nuestros personajes y quién sabe a cuántos infelices más.
¿Mi nombre? Sigo sin recordarlo.
¿Cómo morí? A veces creo que sigo vivo.
¿Mi edad? He visto el nacimiento y la muerte de varias generaciones.
No le puedo dar muchos datos sobre mí, solo le puedo decir que cuando estoy cerca,
usted me puede oler, me puede sentir, pero no siempre me puede ver. Ahora que, si
usted logra verme querido amigo amiga, le tengo malas noticias, su turno ya se
imprimió y lo estará esperando en la sala de espera.

